Jose Mari Miracielos no se apellidaba así. Desde muy joven y por causas desconocidas, el cuello le había hecho un requiebro y no llegaba a ver el suelo. Jose Mari se pasaba las veinticuatro horas enfocando lo que había arriba. Y arriba es arriba o por encima de la coronilla. De vez en cuando, casi siempre cuando paseaban jovencitas por las calles del pueblo, hacía un esfuerzo inútil para tratar de inclinar su mirada.
Miracielos cogía almejas en la desembocadura del río. Ese era su único trabajo y de eso vivía. De toda la puta vida. Y era el que más almejas pillaba. Con mucha diferencia. Los gilipollas o paletos de ciudad siempre se reían porque decían que era imposible. ¡No podía ver las almejas!. Ignorantes.
Jose Mari Miracielos tenía una frase favorita cuando se paraba a hablar con alguien:
- Voy al monte a meter chorizo-.
El cazador de almejas más rápido del pueblo tenía una profunda melancolía por el monte. O por meter chorizo. Jose Mari murió hace ya bastantes años. En la bahía ya no hay casi almejas y las pocas que quedan se pueden coger con restricciones. Tiempos modernos.

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