Mi nombre es Johnny Record y tengo cuarenta y cuatro años. Yo también fui un indiepollas. Y además, de verdad. Cuando digo de verdad, me refiero a que sacrificaba bastantes cosas para satisfacer mi vicio con la puta música. Es decir, que jamás me verías saliendo de unos grandes almacenes o de una pequeña tienducha de culto ardilla con una bolsa de veinte kilogramos de peso en diferentes formatos. Con los recursos que tenía, había que apuntar muy bien a la hora de gastar.
Frecuentaba locales donde se vendían cedes de grupos desconocidos para mí hasta entonces; las cubetas eran asaltadas por tipos incompletos, gafapasteros y desaliñados con los bolsillos llenos de paz, amor y dinero; las conversaciones giraban en torno a si el bajista y el batería de Shellac eran una máquina aplastante de odio y rencor, o si el nuevo postrock de GSYBE suponía una puesta al día del sinfonismo setentón con forma de comuna hippie.
Vamos, para cagarte por las patas.
A veces hasta me lo creía y balbuceaba bobadas del mismo estilo. Gasté más de lo que debía y ahora muchas de esas joyas independientes descansan en estanterías de polvo y olvido. También descubrí interesantes grupos pero a un precio demasiado alto.
Al envejecer y con la ruina total zampandose todo, te la pelan los temas de quince minutos de Sonic Youth, o si Ryan Adams se ha vuelto a entrompar en su último concierto. Y te la pela todo porque falta la vieja pela.
Hace mucho que no visito -creo que algunos han desaparecido- aquellos lindos lugares, que no compro las modernas revistas que ganan un buen dinero con el movimiento o que no asisto a conciertos. Quizás, al final del camino, solo te quedan los viejos. Es bastante lógico, las puertas de la muerte se están entreabriendo para todos.
J.R., fallecido a los cuarenta y cinco años durante un concierto de Doom Death Metal.



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