Recuerdo
que repetías que lo más importante para un jugador de fútbol era el silencio*.
Yo, con mis
ocho años a cuestas, no tenía ni pajolera**
idea de lo que decías.
Cogías
carrerilla y no parabas de soltar unos rollos indescifrables sobre las actitudes
y pensamientos de un jugador.
No creas
que te hacía mucho caso; a decir verdad, no te hacía ni caso.
Todo ello coincidió
con los días en los que empezaron a ir muy mal las cosas: la empresa cerró y ya
tenías cuarenta y pico tacos***, se
separaron de ti y un zumbido carcomía a diario tu vida.
Ideaste un
salto mortal hacia atrás, a tu infancia y hablabas de fútbol como un antiguo filósofo
lo hace sobre la estructura de la vida.
De nuevo volvías
a ver por televisión partidos aunque compartir ese momento contigo era un sufrimiento:
disquisiciones sobre la chapucera manera de defender de los defensas centrales,
la capacidad geométrica en el pase, los espacios,... todo eran recuerdos y
memoria de cuando fuiste jugador.
Siempre
habías llevado discretamente este deporte con orgullo y no eras de esos desquiciados capullos forofos que soltaban bilis por la boca.
Negabas esa
teoría de que el fútbol es un deporte para mendrugos y mostrencos aunque también
reconocías que en un alto porcentaje, seguía siendo opio para la masa.
No te
perdías un puto partido hasta el punto de que olvidabas todo y a todos; no me
extraña que te mandaran a paseo.
Te daba
igual la radio o la televisión y echabas pestes contra los que ejercían de
predicadores o proxenetas y sus sentencias sobre cómo debía jugarse.
Cuando algo
te interesaba, era en serio.
¡Menudo peligro!
¡Menudo peligro!
Te pedí que dejaras de venir a verme jugar y no hiciste ni
caso: te disfrazabas o te escondías en las esquinas, como una cucaracha.
Hace un par
de años decidiste pirarte al otro barrio o a esa cancha de hierba natural de la
que hablabas.
Después de
tanto dolor camuflado, no he llegado a nada importante pero sí que he
disfrutado.
Además, creo que he comprendido lo del silencio.
Ahora estoy callado, rendido en el incomodo y viejo sofá, viendo a todas horas esos
aburridos partidos que no llevan a ninguna parte, ni te hacen mejor.
* El Silencio, película de 1963 dirigida por el oscuro sueco Ingmar Bergman.
** Según el contexto y la situación,
para expresar el punto de vista más o menos hostil o afectivo del hablante ante
los designados por el nombre al cual acompaña.
*** Años de edad.
Nota a pie:
El viejo
decía que los asteriscos en los textos modernos no dejan de ser como el
delantero clavado bajo palos y en fuera de juego, a la espera de un rechace
para empujarla; un acto estético de chulería de los que escriben, una banal
demostración de sus conocimientos batidora para darse el pego y ligar mucho más
con frívolas y frívolos intelectuales y si es posible, acabar en el catre.
Eso sí, con
todos los respetos.
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